Venid hasta el borde.
No, que caeremos.
Venid hasta el borde.
No, que caeremos.
Se acercaron al borde.
Los empujó, y volaron.

Guillaume Apollinaire

sábado

'La ascensión al Monte Ventoux'




“Un día del año 1336, el poeta italiano Francesco Petrarca hizo algo que nunca antes había hecho nadie: escalar una montaña para contemplar las vistas. 

Obviamente, otros habían escalado montañas, pero siempre por algún motivo práctico, Aníbal cruzó los Alpes para atacar Roma, y Moisés subió al Sinaí para recibir las tablas de la ley de Jehobá. Y miles, o tal vez millones, de personas anónimas debieron de abrirse paso por cimas inhóspitas por incontables razones: en busca de alimento, huyendo del azote de bandidos o para encontrar nuevas tierras de pastoreo. Pero, con anterioridad a Petrarca, nadie se había tomado la molestia de ascender a una cumbre desalentadora y peligrosa por lo que llamaríamos simples motivos estéticos. Al menos no disponemos de ningún testimonio de ello precedente al suyo. 

 …, todavía en el siglo XVIII se evitaban en lo posible las montañas y demás paisajes agrestes, que hoy son tan codiciados por quienes buscan el placer de relajarse. La idea de escalar algo más complicado que una loma habría provocado las quejas del doctor Johnson y de cualquiera, hasta que Wordsworth y Coleridge lo popularizaron como pasatiempo. Aunque nos cueste imaginarlo, algo que para nosotros es tan ‘obvio’ como el deleite de ‘contemplar las vistas’ desde algún punto era, en tiempos de Petrarca, algo totalmente desconocido. Ponerse en peligro para hacerlo se consideraba una locura, o algo peor. Para algunas mentalidades, era algo demoníaco.

            En una carta que dirigió al profesor agustino de teología Francesco Dionigi di Borgo San Sepolcro, Petrarca, que entonces contaba treinta y dos años, describía su histórica e inaudita excursión. Había elegido el formidable monte Ventoux, un impresionante pico francés situado al nordeste de Aviñón, donde el Ródano separa los Alpes franceses de las Cevenas. Cerca se encuentra la principal cordillera del centro de Francia, y la zona que rodea al propio monte Ventoux tiene una gran carga histórica y esotérica. Trovadores, albigenses y cátaros florecieron en esta zona, proporcionando al paisaje una afinidad con las ideas gnósticas sobre la superioridad del autoconocimiento y la experiencia respecto de la ignorancia y la fe ciega. Se desconoce si Petrarca tenía esto en mente cuando realizó su ascensión, pero su relato deja claro que creía que, en cierto modo, había transgredido la ley, tanto de la Naturaleza como de Dios. Él sabe que lo que ha hecho lo distingue de los demás hombres. La idea de escalar la montaña lo ha acechado durante años, desde que era niño; era una especie de sueño secreto que agitaba su alma. Cuando al fin lo ha hecho, está aterrado.
            ‘Ayer’, le cuenta Petrarca a su amigo el profesor, ‘subí a la montaña más alta de nuestra región, motivado únicamente por el deseo de experimentar su afamada altitud. Hacía años que llevaba esto en mi alma y, como bien sabes, he deambulado por esta región desde mi infancia.’ Siempre había tenido esa montaña a la vista, le explicaba al profesor, y su deseo fue creciendo cada día hasta volverse tan intenso que decidió darle salida.
            Junto con su hermano Gerardo, que lo acompañaba, Petrarca conoció a un viejo pastor por el camino. Cuando lo informó de adónde se dirigían, éste, ‘con un torrente de palabras, trató de disuadirnos, diciendo que nunca había oído de nadie que se arriesgase en esa aventura’. Petrarca ignoró las advertencias del anciano, si bien, a medida que empezaba a ascender, algún presentimiento debió de hacer mella en su determinación. ‘Mientras continuaba subiendo, me alentaba a mí mismo pensando que lo que hoy experimento redundaría en mi beneficio, así como en el de muchos otros que aspiran a la vida bienaventurada.’
            Según trasluce claramente en su carta, cuando Petrarca alcanzó la cima sufrió algún tipo de conmoción emocional y psíquica. El texto se torna exaltado: los tiempos verbales cambian y el lenguaje es más agitado; parece que el solo recuerdo de su experiencia basta para que su consciencia se suma en la confusión y el desorden. Un viento ‘desacostumbrado’ sopla a su alrededor, y Gerardo y él deben resistir contra su fuerza. Pero más que ese viento potente, lo que atemoriza a Petrarca con su majestad sublime es el espacio hasta entonces nunca visto que se abre a su alrededor. Lo hechizan las ‘grandes vistas que mudan libremente’. Su inquietante extensión lo impresiona, y se queda ‘inmediatamente atemorizado’.
                        
                        Miré a mi alrededor: las nubes estaban bajo mis pies […]. Después dirigí mi mirada hacia Italia […]. Suspiré a la vista del cielo de Italia […]. Luego me volví hacia occidente. Mis ojos buscaron en vano los Pirineos, la frontera entre Francia y España […]; en cambio se veían con toda claridad la montañas de la provincia de Lyon a la derecha, y a la izquierda el Mediterráneo que baña Marsella y Aigues-Mortes. Aunque su distancia es considerable, nuestros ojos podían divisar el Ródano.

              En aquel preciso momento, Petrarca experimenta lo que para él es una sincronicidad profunda. Arrebatado por la visión del espacio que se extiende ante él, sintiendo –acertadamente, como veremos- que ha abierto la puerta a otro mundo, busca algún sostén y toma su ejemplar de las Confesiones de San Agustín. Abre el libro al azar, posa su mirada en un pasaje y lee: ‘Van admirando los hombres los altos montes, las olas del mar, la larga trayectoria de los ríos, la inmensidad del océano, la revolución de los astros, pero no tienen la más mínima preocupación hacia ellos mismos’.
            Fue como si las Moiras le pusieran los puntos sobre las íes: lo que estás haciendo, Petrarca, no es algo casual, le decían. Tiene una dimensión profunda, tal vez incluso cósmica. Después de esto, las cosas serán diferentes.

[…]

              … No sólo era una locura, como sin duda pensaron los contemporáneos de Petrarca; era algo más que eso, pues se había dado el primer paso hacia una nueva comprensión del mundo completamente nueva. Compresión que nosotros aceptamos sin pestañear y que damos por sobreen tendida, pero que, como gran parte de nuestra experiencia, es de hecho el resultado de un profundo cambio en la consciencia humana, tan radical que la palabra ‘evolución’ no resulta del todo exacta para designarlo. ‘Mutación’ sería más preciso. Se trata en este caso de la mutación desde el mundo plano, bidimensional e ‘incrustado’ de la Edad Media al mundo que hoy experimentamos a diario: el mundo de la distancia, del espacio ‘vacío’, de los ‘puntos de fuga’ y los horizontes que se alejan. Es decir, el mundo de la perspectiva. Éste fue el verdadero comienzo de la ‘era espacial’, y no la puesta en órbita del satélite Sputnik en 1957. “


‘Una historia secreta de la consciencia’ de GARY LACHMAN (Ed. Atalanta)

Mañana de otoño

óleo s/moleskine