Venid hasta el borde.
No, que caeremos.
Venid hasta el borde.
No, que caeremos.
Se acercaron al borde.
Los empujó, y volaron.

Guillaume Apollinaire

jueves

...la cortina impalpable


Me basta así


Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreir,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de eso sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso-;

entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz , y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -luego- callas....

(Escucho tu silencio.

Oigo
Constelaciones: existes.

Creo en ti.

Eres.

Me basta.)


Ángel González

Follaje

óleo s/lienzo (80 x 60)

Sin título

óleo s/lienzo (50 x 70)

martes

Gracias, Eduardo


NATURAL 


Mercedes Blanco Marín pinta.  

En sus pinturas, reproduce con virtuosismo procesos de caos y orden similares a los que se encuentran en  la naturaleza.

No explica, muestra.

Porque siente.

Y se expresa, de forma exquisita y profunda.

Mirando sus pinturas, uno casi puede escuchar el sonido del agua, el viento, la tormenta; quizás a algún pájaro o insecto.

O cruzarse con algún personaje misterioso; acaso un alma.

La fisonomía del paisaje es entre familiar y fantástica.

La luz es antigua, como en un sueño.

El fondo y la forma son uno. 

Como pintaron y pintan sus hermanos: Van Gogh, Turner, Brandl, Zuriarrain, Gerstl, Redón, Díez Alaba, Fragonard, Moreau, Delacroix, Ortiz de Elguea, Constable…

Artistas honestos.

Que embellecen la producción humana y la elevan a lo sublime.

Gracias, Julio


Pinturas 

“Todo es diferente de nosotros y por eso todo existe”
Fernando Pessoa[1]

Mercedes Blanco (Logroño) usa del paisaje al modo en que nos sugiere John Brinckerhoff Jackson, extrayendo “de él nuestra identidad”, como “condición determinante de nuestro ser-en-el-mundo […]”[2]. Así, las pinturas de Mercedes Blanco aluden a paisajes profundamente íntimos, oníricos algunos, pero todos tan reales que se permite disponer de la riqueza geomórfica propia del territorio contemplado, sin que la huella antrópica pervierta una virginal construcción del mundo, con sus húmedos limbos e infiernos magmáticos, sin ánimo decorativo ni virtuosa deferencia naturalista. Los paisajes le sobrevienen, cuenta, como se aparece una luminosa cordillera a la salida de una angustiosa emboscadura. A veces, la primera pincelada de color desencadena la génesis del cuadro. En otras, la imagen surgida es tan arrebatadora que se entretiene en respirar junto al lienzo durante días sin importarle su conclusión, protegida en el estudio de las inclemencias del mundo en el que nuestra piel se pudre inexorablemente. Me atrevo a decir que los paisajes de Mercedes Blanco siguen haciendo la fotosíntesis una vez pintados. Y es que la manera particular en que la creación artística enmarca lo infinito para trasladarlo a un lenguaje comprensible en un tiempo y espacio mensurables, nos recuerda el grandioso esfuerzo que el artista hace al crear. 

“El pintor debe consagrarse por entero al estudio de la naturaleza […]”[3], nos recordaba un casto Cézanne quien deambuló por la Montaña de Sainte-Victoire hasta enfermar. Mercedes Blanco se gasta en mares, cielos y otras montañas, las de la mente supongo, tan similares a las que paseó en su juventud como el maestro francés. Es probable que la presencia de la naturaleza le nazca a nuestra pintora en forma de paisaje desde la infancia, pero Mercedes Blanco se aleja de las petulantes variedades de la naturaleza estacional. Los artistas, no solo los plenairistas, saben de la existencia de esa quinta estación pictórica donde las cuatro conocidas se refunden con aire alquímico, que no de laboratorio, poética y extraña, con atmósfera electrizada por las pasiones y sus gradientes extremos de temperatura. En esta estación hasta los colores se rebelan contra las convenciones. Incluso hoy, la transformación acelerada del clima terráqueo parece insinuarnos su interés por imitar a esta quinta estación de los artistas. En esa estación universal se dan algunas maravillosas coincidencias, a saber: August Strindberg fue autor teatral y en Mercedes Blanco el teatro fue puerta de entrada a la creación artística, y tras su paso por los escenarios y la milagrosa resurrección de personajes decidió trasegar con la pintura, pero nuestra pintora descubrió que aquello que las palabras apoyan generosamente en el talento gestual para existir, la pintura lo destruye con absoluta indiferencia, porque ningún rostro es en el teatro, en la vida, como se pinta en una pintura. August Strindberg fue pintor y Mercedes Blanco certifica aquí que lo es también. El sueco pintó paisajes y Mercedes Blanco se instaló en ellos hace tiempo. Observen ahora los cuadros de ambos y concluirán sin duda que Mercedes Blanco es alma gemela del escritor, la continuadora de un sentimiento pictórico que va más allá de la construcción del cuadro y solo por ello deberíamos felicitarnos.

Todos los colores se avivan ante sus ojos como si fuera espectadora de sí misma y no pudiera evitarlo. Atónita se pregunta si esa niebla que agrisa el cuadro será una evanescente mazmorra, o si por el contrario le asistirán las fuerzas, esas que a nosotros se nos paralizan, para abandonar el refugio pétreo y oscuro desde donde se divisa apenas una lejana luz y ninguna certeza más, como en el poema de Machado “Obscuro para que atiendan;/ claro como el agua, claro/ para que nadie comprenda/…”[4], duro trabajo este de la pintura tan hermoso. 

Julio Hontana Moreno



[1] Fernando Pessoa. Sobre Literatura y Arte. Editorial Alianza, Madrid 1987, p. 83.
[2] Horacio Fernández. Del Paisaje Reciente. Fundación ICO. Madrid 2006, p. 100; John Brinckerhoff Jackson, Discovering the Vernacular Landscape, New Haven y Londres 1984, A la découverte du paysage vernaculaire, Arles 2003, p. 255.
[3] Michael Doran (ed.). Sobre Cézanne. Edit. Gustavo Gili, Barcelona 1980, p. 64.
[4] Antonio Machado. Poesías Completas. Poesía y prosa. Tomo II. Edit. Espasa Calpe, Madrid 1989, p. 779.

Gracias, Miguel Ángel


                                     INVENTORA DE PAISAJES

          Hay una raza de pintores que desde siempre me ha producido fascinación. Es la de los inventores de paisajes. En ella se inscribe una selecta nómina de artistas que han abierto definitivamente a la pintura las puertas de la modernidad, Enumero cronológicamente a algunos de los más conspicuos representantes de esta etnia de elegidos: Turner, Monet, Van Gogh, Cezanne, Munch, Klimt, Schiele, Palencia, Ortega Muñoz, Hopper, Vázquez Díaz. . .
         En esencia tienen en común todos ellos un apremio compartido por reordenar el entorno natural con arreglo a sus más íntimos impulsos estéticos y emocionales. Es así como la subjetividad de cada uno de ellos, aliada con su sensibilidad, produce el milagro de la perpetua reinvención de la naturaleza. Siempre individualizada, siempre distinta, siempre cambiante.
         Por eso resulta gozoso saludar la irrupción de algún nuevo inventor de paisajes. Garantiza una nueva percepción, una distinta caligrafía pictórica, un sentimiento irrepetible ante el milagro de la naturaleza.
         En este momento es la joven artista logroñesa Mercedes Blanco la que se está haciendo un sitio en tan ilustre lista.
         Conozco a Mercedes desde hace algunos años. Los suficientes para anotar su tesón y su pasión. Pero también para dejar constancia de la claridad de sus ideas a la hora de elegir un territorio pictórico y acotarlo como espacio propio en el que centrar su investigación y su búsqueda.
         Cuando contemplo la obra reciente de Mercedes no puedo (ni quiero) evitar el juego de las conexiones. La riojana no mimetiza a Van Gogh ni a Munch. Pero sí se da esa misteriosa corriente freática que irriga las raíces de todo artista y que aporta a Mercedes nutrientes de ambos maestros. Siempre es bueno trasladar a lo consciente el efecto vivificante de las influencias magníficas .
         Alguien dijo que todo artista es un hijo natural que dedica su vida a buscar a su padre pictórico. Nuestra pintora lo tiene fácil; no tiene más que rastrear a sus posibles padres entre los más renovadores y heterodoxos paisajistas de la última centuria.
         Todos los indicativos de su ADN estético dan positivo en tal sentido:
         Mercedes Blanco Marín.- Inventora de paisajes.

Miguel Ángel Ropero

viernes

Calm

óleo s/lienzo (54 x 38 cms.)

Violeta

óleo s/lienzo (54 x 38 cms.)