Venid hasta el borde.
No, que caeremos.
Venid hasta el borde.
No, que caeremos.
Se acercaron al borde.
Los empujó, y volaron.

Guillaume Apollinaire

domingo

To believe or not to live

"Cuando conoció a Matilde, Bocanegra era un hombre satisfecho. No feliz. Satisfecho. Su vida era plácida, estaba saciada hasta donde la cordura había impuesto su imperio. Las superficies del mundo no eran brillantes, cierto, pero sí nítidas. Aunque no tuvieran relieve, los objetos poseían sustancia. Sus manos apretaban, tocaban, palpaban. Y a pesar de que no siempre eran capaces de reconocer lo apretado, lo tocado, lo palpado, se daba por satisfecho.
No feliz. Satisfecho.
Entonces apareció Matilde y todo cambió.
Se derrumbó. Ardió. Quedó laminado. Convertido en lava. Se disolvió como azúcar en un tanque de agua. No hay metáforas que puedan expresar semejante hallazgo. Porque Matilde era, y lo que es no necesita ningún crédito fuera de su ser. Lo que es, es su propia evidencia.

El azar no lleva un mapa del cosmos integrado en sus circuitos, así que sus caminos convergieron en un lugar sin especial interés. No era el lugar lo que importaba, eran ellos, aquellos sujetos audaces, nada solemnes, en el fondo salvajes e indisciplinados, que ambos habían enterrado bajo capas de rutina, de costumbres, de normalidad. Bastó una leve fricción para que la máscara quedara reducida a yeso. De pronto la vida estaba allí. En su risa, en su manera de andar, en su forma de decir ‘mañana’. De pronto la vida, exultante y fatal, olorosa a azufre, la vida que no atiende a modales ni a progenituras ni a ceremonias de la madurez, estalló allí, en medio de ninguna parte, en medio de todos los sitios, en el centro de sus entrañas.

Por descontado, Bocanegra amaba a su mujer de entonces. Pero aquello era distinto, porque no era una cuestión de fidelidad a terceros. Era una cuestión de fidelidad así mismo, a su yo clausurado bajo capas y capas de sedimento, a su yo fragmentado en mil pedazos de cera enfriada. Matilde sólo pertenecía a su más profunda intimidad, a ese lugar en el que la gente vive sola, completamente sola, a la espera ciega de la extinción o, como a Bocanegra le sucedió, del amor resplandeciente.

De noche, mientras amaba a su mujer, sabía que Matilde, en el otro extremo de la ciudad, estaba siendo amada por su marido. Ella misma se lo contaba. Cómo hacía el amor con su marido. La esbeltez de su sexo. Su potencia. Su candor. Sus límites. Todo esto es verdad, y sin embargo no es toda la verdad. El lenguaje es un centauro cansado. Cómo se podría contar una verdad así. No hay oráculos para el amor. No hay augurios. No hay palabras sagradas. El amor sucede, como el mar o los meteoros. El amor es un fenómeno sideral; el amor es una puñalada por la espalda; el amor es.

Ni siquiera necesitaba verla. Le bastaba con saber que estaba allí, al otro lado, mañana, tarde y noche, en sus rutinas establecidas, en sus funerales de la pasión, en sus horarios de esposa y madre. Él también transcurría en paralelo, a su lado del discurso, en su membrana opaca la luz poderosa, pero ahora ya no era un hombre satisfecho.
Ahora era feliz. No satisfecho.
Feliz.

Hay ocasiones en que el mundo se estremece. Bate palmas. Se desplaza sobre sus cimientos. Ignora las formas habituales de la rotación. El mundo salta en pedazos y las personas se tambalean como payasos al borde de un precipicio. Todo es frágil y a la vez inquebrantable, como la arena, que es tan diminuta que no se puede destruir. Matilde hizo de él un guante vuelto del revés. Dolía, sí, pero también era hermoso. No había mácula en su cuerpo ahora. Era como volver a nacer. Qué resplandores. Qué bellezas jamás antes presentidas. Qué carne llena de palpitaciones, azul como la de los recién nacidos. Bocanegra se había convertido en su propio hijo. Era una resurrección en toda regla, la estremecedora experiencia de volver a nacer cuando ya se cree estar vivo. Ni un dios en una noche prístina podría sentirse tan trastornado.


Para Bocanegra, Matilde sólo existía en presente. Nunca la vio sujeta a las mudanzas del tiempo: ni al pasado, por el cual nunca le preguntó, ni al futuro, del cual nunca tuvo la certeza de que pudiera pertenecerle. Casi todo lo desconocía de ella, salvo su presencia, que era la fragancia misma de las cosas, el olor del viejo y fabuloso mundo. Cuando Matilde le tocaba era el mundo quien lo hacía. La tierra que mancha y protege; el mar, que nadie agota; el viento, que alivia a los caballos pero también a los tigres. Cuando Matilde lo miraba sentía que todo estaba en su sitio: completo, tenaz, exacto. Un metrónomo regía el cosmos.


Se hirieron alguna vez. Por culpa del silencio y también por culpa de las palabras. Cuando el silencio se imponía, añoraban las palabras; cuando las palabras se alzaban, eran una ofensa contra el silencio. Pero era amor, un amor más fuerte que el respeto, la elegancia o la solidaridad entre dos cuerpos. Un amor más allá de su ruina física o moral. Bocanegra sabía que seguiría amándola incluso cuando estuviera muriendo y su carne, ya vacía, fuera cayendo en una blanda estupefacción. Bocanegra sabía que Matilde también lo amaría hasta ese instante, independientemente del lugar que entonces ocuparan ambos. Sabía que incluso en ese último resplandor, quien se fuera primero de los dos, tendría un instante de gratitud para el otro, lo llevaría consigo como un emblema del poder del amor."

de "La luz es más antigua que el amor" RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

Segundas miradas

“Un hombre es lo que ha visto.
La primera vez que admiré una obra de Rothko en un museo no supe que me había enamorado. Tuvo que pasar bastante tiempo, casi una década en realidad, antes de que asumiera el deslumbramiento. Como a esas mujeres cuya hermosura -el sentido de su hermosura, quiero decir, no la sustancia de su hermosura- sólo se descubre tras una segunda mirada, yo no estuve preparado para el sentido de la pintura de Rothko hasta la segunda vez que admiré su obra expuesta.

En 1913, con apenas diez años, Markus Rothkovich, que sólo hablaba yidish y ruso, atravesó en ferrocarril los Estados Unidos de Norteamérica para arribar en Portland, Oregón, donde le esperaba parte de su familia, que había emigrado a la tierra de las oportunidades con anterioridad, en 1910. El joven Rothko realizó aquel larguísimo viaje con un cartel colgado en el cuello, un cartel donde, escritos en inglés, aparecían sus datos personales y su lugar de destino.

Es razonable suponer que el futuro genio nunca pudo olvidar la experiencia de aquella visión del espacio infinito del paisaje americano atisbado a través de las ventanas del vagón, pues era lo único que podía comprender de cuanto lo rodeaba. Insistamos: un hombre es lo que ha visto. Y en la retina del todavía niño, sólo aquella prolongada visión del paisaje podía tener algún sentido, por primitivo que fuera. No los hombres y las mujeres en los vagones, no las lenguas que hablaban y las ropas que vestían, ni siquiera los objetos que transportaban, se cedían o intercambiaban: sólo la inmutable, innegociable, indestructible horizontalidad del paisaje trazado ante sus ojos, como una promesa o una fatalidad. Como una redención tal vez.

Si un artista es un maniaco, la decantación de miles de procesos depurativos, un cedazo siempre en movimiento, la celebración de la obsesión de Rothko radicaba en su convencimiento de que, gracias a la pintura, gracias a la reiteración de un único y primitivo gesto escritural (la raya, la línea, la primera acción del sapiens como animal simbólico) podría conservar aquella experiencia, aquel fulgor quieto que contemplado desde un tren en movimiento (qué bella paradoja), lo había salvado de lo desconocido. Aunque ello, obviamente, era sólo una ilusión, porque el territorio del artista, de cualquier artista, incluso de uno tan grande como Rothko, es siempre el fracaso. Y es que todo artista, llámese Tati o Stravinski, escriba y componga para la eternidad o malgaste la luz de sus ojos en una pobre buhardilla de Addis Abeba o en un sótano mal iluminado de Odessa, está llamado a la ruina de sus esperanzas.”

de ‘La luz es más antigua que el amor’ de RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

Andando de puntillas


Mark Rothko


"Las pinturas de Rothko supusieron toda una conmoción. Eran muy formales, no tan impetuosas como las de Warhol. En lo que a mí respecta, considero especialmente impresionante la actitud de Rothko hacia la pintura y el oficio del pintor [...] Sus obras despertaban en mí una mezcla de sentimientos. Eran sacras y al mismo tiempo demasiado decorativas, aunque, ostensiblemente, la pintura exhalaba un hálito trascendental. Sin embargo, era utilizada con fines decorativos y en los hogares de los coleccionistas resultaba demasiado bella"  GERHARD RICHTER, 1997

"...El objetivo de las artes plásticas, la poesía, la música no ha consistido nunca en representar cosas. Siempre ha consistido en hacer algo bello, conmovedor o dramático...lo cual en modo alguno es lo mismo." MARK ROTHKO, 1936

"Considero mis cuadros como dramas y las figuras que aparecen en ellos, como actores. Han surgido de la necesidad de contar con un grupo de actores que estén en condiciones de moverse por el escenario libremente, sin pudor" ... "No creo que se trate de pintar en estilo abstracto o figurativo. Se trata de acabar con este silencio y con esta soledad, y de volver a respirar y a extender los brazos" MARK ROTHKO, 1947-1948

"...Sólo me interesa expresar las emociones humanas más elementales. La tragedia, el éxtasis, la fatalidad del destino y cosas así. El hecho de que muchas personas se desmoronen y lloren al verse confrontadas con mis cuadros demuestra que consigo expresar este tipo de emociones humanas elementales..." MARK ROTHKO, después de 1950

martes

Primavera

La primavera, otra vez aquí.

Cuánto me prometió
la primavera
pero nunca cumplió
o yo no le entendí.

Unos años se comportó
como el cerezo henchido de flores
que presagiaba las cerezas del paraíso,
las más rojas, las más carnosas y dulces
pero no encontré su vereda.

Otros años, me asfixiaba
intentando zafarme
de la camisa de fuerza
embozada de Armani.

Hace pocos, vuelven recuerdos
de mis catorce años cuando
en estas mañanas los pájaros
me anunciaban insospechado manjar.

Ya estamos en los postres,
sólo hubo sopa.
Ahora soy pastelera
probando hacer un primoroso dulce
si doy con las más jugosas cerezas.

Los pájaros suenan igual
pero el cantar es otro.
Vuelve la primavera,
otra vez aquí.

domingo

Un millón de besos

Tengo un millón de besos
listos para volar,

Se me agolpan en el pecho
y desafiantes, asoman por mi garganta,

Alguno se me sube a la cabeza…
otros me distraen,

A veces me empujan…
o me hacen cosquillas.

A veces se paran y observan.

Tengo un millón de besos
que van creciendo
y no sé qué hacer con ellos.

Al primero que pase se los doy.



viernes

Algo ligero

Noticia del Publico.es, NUÑO DOMÍNGUEZ Madrid 09/03/2011

Cambios genéticos hicieron al hombre perder las espinas del pene

Un estudio aporta un catálogo de ADN que ayudó al hombre a perder las púas y posiblemente a desarrollar un cerebro más grande

El pene del hombre debería tener púas. Sus parientes vivos más cercanos en el árbol de la vida, los chimpancés, tienen espinas en el falo. De hecho, los miembros erizados han sido un rasgo compartido por ratones, perros, gatos y muchos otros mamíferos durante miles de años de evolución, aunque no se ha podido demostrar para qué sirven esos pinchos, ni por qué el hombre los perdió.
Ahora, un estudio aporta un catálogo de ADN perdido durante la evolución que ayudó al ser humano a deshacerse de los pinchos y desarrollar un cerebro más grande. “El hombre perdió sus púas en algún momento entre su divergencia con los chimpancés, hace seis millones de años, y antes de 600.000 años atrás, cuando nuestro linaje se separó de los neandertales”, explica David Kingsley, uno de los investigadores de la Universidad de Stanford (EEUU) que detalla hoy en Nature las razones de esa pérdida.La respuesta está donde menos se la esperaba. Yace en regiones del genoma antes conocidas como ADN basura y que hasta hace poco parecían no tener ninguna función. Sin embargo, el estudio destapa más de 500 de estas regiones que están presentes en chimpancés, pero no en humanos.
Esto incluye también a los neandertales, cuyo genoma se ha estudiado en este trabajo junto al de humanos modernos y chimpancés. El trabajo demuestra que las regiones perdidas tienen importantes funciones. “Los neandertales parecen haber perdido los mismos interruptores genéticos que nosotros, por lo que tampoco tenían espinas en el pene”, asegura Kingsley, aportando una prueba más de lo parecidos que eran los neandertales, hoy extintos, y los humanos modernos.
De hecho, la similitud genital de estas especies habría facilitado su cruce, demostrado recientemente por otros estudios, apunta el investigador.
Hay muchas teorías sobre los beneficios del falo espinoso. La púas ayudarían a asegurar la cópula, a retirar tapones de fluidos dejados por otros machos en la vagina de las hembras para dificultar su acceso o, incluso, para arrancar parte de la piel y reducir la capacidad reproductiva tras una coyunda exitosa. En todos los casos tienen que ver con una intensa lucha física de los machos por una sola hembra fértil, un escenario que, según los autores, no se corresponde con el humano. De hecho, sugieren que la ausencia de púas ayudó a que las cópulas humanas fuesen más largas.
... #

(Menos mal que vamos mejorando)

Herbert Brandl





Óleos de Herbert Brandl


domingo

Aire...iré



Aire...despiértame,
Aire...atrápame,
Aire...envuélveme,
Aire...bésame,
Aire...báilame,
Aire...airéame,
Aire...aire...
Aire...
Iré.

sábado

Malos tiempos...para la lírica.

"En vez de utilizar sus recursos técnicos y materiales, que habían experimentado un incremento extraordinario, para construir una ciudad maravillosa, los hombres del siglo XIX construyeron suburbios deprimentes [...] [que] según los criterios de la empresa privada eran 'rentables', mientras que la ciudad maravillosa, pensaban, habría sido una extravagancia que, en la estúpida jerga de la moda financiera, habría 'hipotecado el futuro' ... La misma regla de cálculo económico autodestructivo gobierna todos los ámbitos de la vida. Destruimos la belleza del paisaje porque los esplendores de la naturaleza, de los que nadie se ha apropiado, carecen de valor económico. Seríamos capaces de apagar el sol y las estrellas porque no dan dividendos"
John Maynard Keynes

"Una consecuencia probable del advenimiento de esta era de incertidumbre -cuando un creciente número de personas tienen buenas razones para temer la pérdida de su trabajo y el paro de larga duración- será una vuelta a la dependencia del Estado. Incluso si es el sector privado el que se hace cargo de los cursos de reciclaje, proyectos de trabajo a tiempo parcial y otras medidas paliativas, estos programas serán subvencionados por el sector público, como ya ocurre en una serie de países occidentales. Ningún empresario privado contrata a nadie como un acto de caridad.
En cualquier caso, cada vez serán más los que tendrán buenas razones para sentirse superfluos para la vida económica de su sociedad, y ello no puede dejar de plantear un serio desafío social. Como hemos visto, nuestro enfoque actual sobre la provisión de bienestar refuerza la opinión de que quienes no pueden conseguir un empleo estable son en cierta medida responsables de su desgracia. Cuanta más gente así haya entre nosotros, más peligro correrá la estabilidad cívica y política."
'Algo va mal' Tony Judt, incluyo el enlace del impresionante testimonio de su enfermedad, durante la cual escribió este libro, http://www.elpais.com/articulo/reportajes/Noche/elpepusocdmg/20100117elpdmgrep_1/Tes

"Yo no tengo la culpa de que mis cuadros no se vendan. Pero llegará un día en que la gente reconozca que valen más que el dinero que costaron los colores para pintarlos."
Vincent Van Gogh

martes

Abantiáre


“Yo me siento con frecuencia cansado y sin fe ni valor, pero creo que estos estados no deben combatirse propiamente, sino que es preciso abandonarse a ellos, llorar alguna vez, o ensimismarse sin hacer nada, y luego se advierte que entretanto el alma ha seguido viviendo…y ha avanzado.” Herman Hesse